Las neurociencias nos han abierto un mundo de descubrimientos. Hoy sabemos que el 75% del desarrollo del cerebro se produce durante los 3 primeros años de vida. Por lo tanto, estimularlo correctamente tendría una gran ventaja, por que estamos actuando sobre la formación de la estructura neuronal, justo cuando es más moldeable.
La estimulación va “esculpiendo” la forma que van tomando las redes neuronales a los largo de un conjunto de etapas progresivas e interdependientes. La estimulación temprana no es simplemente una serie de ejercicios y masajes y caricias, sino que es entender el proceso de formación de la estructura cerebral infantil para orientar la estimulación con un propósito claro y preciso.
La sensorialidad y el lenguaje son dos aspectos claves en la estimulación de los niños. A través de los sentidos perciben la realidad, la descubren, la conocen. Con el lenguaje le dan nombre y significado. Es crucial que el adulto acompañe este proceso nombrando los elementos del contexto inmediato y significativo para los niños, así como describiendo las acciones y sus resultados: “Mira la pelota…botaste la pelota…recojamos la pelota”.
Sin embargo, lo que realmente se debe tener en cuenta para una estimulación adecuada es el soporte afectivo, la relación de apego con el adulto. Si el menor se siente seguro, confiado de que cuanta incondicionalmente con el adulto, será capaz de explorar el medio que lo rodea, responder con interés y motivación frente a la estimulación.
¿Desde cuándo?
Es posible realizarla desde que el bebé está en el vientre, hablándole, cantándole y acariciándolo. Al nacer se debe mantener este mismo tipo de estimulación, pues los primeros 6 meses de vida debe ser especialmente sensorial y emocional. La hora del baño puede transformarse en una instancia para reconocer su cuerpo y mediante la caricia y el masaje enseñarle a sentir nuevas sensaciones.
A partir de los 6 meses, leerle cuentos es esencial. Aún cuando no pueda comprender las palabras podrá percibir el afecto, lo que es fundamental para afianzar el apego, base para la seguridad y la autoestima.
En los primeros años de vida la estimulación proviene principalmente de la figura materna y luego se suma el resto del ambiente familiar, social y educacional.
Las investigaciones han demostrado que estimular a temprana edad, inclusive desde los primero meses del embarazo, es esencial para un crecimiento cerebral rápido. Leer, cantar, hablar y jugar con el niño, al igual que otras experiencias de aprendizaje más dirigidas, que tienen un mayor impacto en la capacidad cognitiva, pueden incluso aumentar el coeficiente intelectual.
¿Qué hacer?
Conversarle en todo momento en forma expresiva y cariñosa. Explicarle que estás haciendo o que vas a hacer. “Ahora nos vamos a mudar”, “vamos a ir a comer” o “esta ropa nos pondremos hoy”.
Hacerle masajes en el cuerpo. Una buena alternativa es, después del baño en una pieza bien temperada, dejarlo desnudo y con ambas manos acariciarlo con masajes suaves y circulares. Aceites neutros e hipoalergénicos son excelentes para que tus manos se muevan con mayor facilidad.
Mover objetos o juguetes muy coloridos para que los siga con la vista.
Jugar en el baño: chapotear, patalear y manipular juguetes que floten o se hundan.
Llamarlo por su nombre desde distintas ubicaciones, para estimular su sentido auditivo y también porque así se dará vuelta a mirarte con lo cual desarrollará su capacidad motora.
Compartir con otros familiares. Dejar que elija entre dos personas que tienden sus brazos.
De los tres años en adelante:
- Estimularlo a abrochar y desabrochar su chaleco, bajar cierres de su ropa.
- Invitarlo a hilar collares con fideos, canutos, cáñamos o hilo plástico.
- Darle lápices de colores y papel para que comience a rayar y observar lo que su acción provoca.
- Cuando el clima lo permita, llevarlo a plazas y parques. Enseñarle movimientos de las hijas de los árboles, el canto de los pájaros, el vuelo de las palomas. Procurar que camine, corra y desarrolle todo lo que es su psicomotricidad.
La estimulación va “esculpiendo” la forma que van tomando las redes neuronales a los largo de un conjunto de etapas progresivas e interdependientes. La estimulación temprana no es simplemente una serie de ejercicios y masajes y caricias, sino que es entender el proceso de formación de la estructura cerebral infantil para orientar la estimulación con un propósito claro y preciso.
La sensorialidad y el lenguaje son dos aspectos claves en la estimulación de los niños. A través de los sentidos perciben la realidad, la descubren, la conocen. Con el lenguaje le dan nombre y significado. Es crucial que el adulto acompañe este proceso nombrando los elementos del contexto inmediato y significativo para los niños, así como describiendo las acciones y sus resultados: “Mira la pelota…botaste la pelota…recojamos la pelota”.
Sin embargo, lo que realmente se debe tener en cuenta para una estimulación adecuada es el soporte afectivo, la relación de apego con el adulto. Si el menor se siente seguro, confiado de que cuanta incondicionalmente con el adulto, será capaz de explorar el medio que lo rodea, responder con interés y motivación frente a la estimulación.
¿Desde cuándo?
Es posible realizarla desde que el bebé está en el vientre, hablándole, cantándole y acariciándolo. Al nacer se debe mantener este mismo tipo de estimulación, pues los primeros 6 meses de vida debe ser especialmente sensorial y emocional. La hora del baño puede transformarse en una instancia para reconocer su cuerpo y mediante la caricia y el masaje enseñarle a sentir nuevas sensaciones.
A partir de los 6 meses, leerle cuentos es esencial. Aún cuando no pueda comprender las palabras podrá percibir el afecto, lo que es fundamental para afianzar el apego, base para la seguridad y la autoestima.
En los primeros años de vida la estimulación proviene principalmente de la figura materna y luego se suma el resto del ambiente familiar, social y educacional.
Las investigaciones han demostrado que estimular a temprana edad, inclusive desde los primero meses del embarazo, es esencial para un crecimiento cerebral rápido. Leer, cantar, hablar y jugar con el niño, al igual que otras experiencias de aprendizaje más dirigidas, que tienen un mayor impacto en la capacidad cognitiva, pueden incluso aumentar el coeficiente intelectual.
¿Qué hacer?
Conversarle en todo momento en forma expresiva y cariñosa. Explicarle que estás haciendo o que vas a hacer. “Ahora nos vamos a mudar”, “vamos a ir a comer” o “esta ropa nos pondremos hoy”.
Hacerle masajes en el cuerpo. Una buena alternativa es, después del baño en una pieza bien temperada, dejarlo desnudo y con ambas manos acariciarlo con masajes suaves y circulares. Aceites neutros e hipoalergénicos son excelentes para que tus manos se muevan con mayor facilidad.
Mover objetos o juguetes muy coloridos para que los siga con la vista.
Jugar en el baño: chapotear, patalear y manipular juguetes que floten o se hundan.
Llamarlo por su nombre desde distintas ubicaciones, para estimular su sentido auditivo y también porque así se dará vuelta a mirarte con lo cual desarrollará su capacidad motora.
Compartir con otros familiares. Dejar que elija entre dos personas que tienden sus brazos.
De los tres años en adelante:
- Estimularlo a abrochar y desabrochar su chaleco, bajar cierres de su ropa.
- Invitarlo a hilar collares con fideos, canutos, cáñamos o hilo plástico.
- Darle lápices de colores y papel para que comience a rayar y observar lo que su acción provoca.
- Cuando el clima lo permita, llevarlo a plazas y parques. Enseñarle movimientos de las hijas de los árboles, el canto de los pájaros, el vuelo de las palomas. Procurar que camine, corra y desarrolle todo lo que es su psicomotricidad.


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