“Cuando una pareja decide tener varios hijos, creen que podrán quererlos a todos por igual y que serán idénticos porque tienen el mismo patrimonio genético. Siguen estando íntimamente convencidos de que sus hijos, nacidos en el amor, se entenderán perfectamente. Siento decirles que es un error”, señala el francés Marcel Rufo, psicólogo infantil y psiquiatra, en su último libro, “Hermanos y hermanas. Una relación de amor y celos”, que se ha convertido en un verdadero fenómeno sociológico en su país.
Esto se explica, según Rufo porque la fratría (o relación entre hermanos), se construye sobre una relación afectiva impuesta, basada en la cotidianidad y en las cosas compartidas.
“No elegimos a nuestros hermanos, nos los imponen los padres. Es evidente que tener un hermano es, en primer lugar, encontrarse frente a un rival. Cuando las rivalidades y los rencores arraigan y dejan de evolucionar, la vida en común se vuelve insoportable (…) Afortunadamente, esto no sucede siempre; todo depende de la personalidad y de la fragilidad de cada uno de los hermanos, que se miden en las rivalidades cotidianas y corrientes. Los padres no deben olvidar, ni siquiera en los momentos difíciles, que la rivalidad es también la competición que ayuda a los hermanos a crecer”.
Convertirse en el mayor
La llegada de un hermano obliga al niño a pensar en sí mismo como “el mayor”, puesto que sus padres le anuncian a alguien “pequeño”. Algunos niños rechazan de un modo tan violento esa posición impuesta que manifiestan su sufrimiento dejando de crecer o acusando alguna enfermedad transitoria. Otros, sin embargo, lo asumen con menos dramatismo y a pesar de ciertas complicaciones lo viven con alegría.
Según el autor, esta situación es más aguda cuando el hijo se convierte en hermano mayor alrededor de los tres años. “Los niños de dos años y medio o tres ya han realizado un recorrido psíquico importante (…) Es la edad de la entrada en el período edípico, el momento en que se mezclan sentimientos de amor y de odio que ningún niño vive con serenidad. Así pues, le resulta insoportable pensar que va a tener que compartir ese amor con otro, el cual, sin estar todavía presente, prácticamente acapara a sus padres”.
Como indica el psiquiatra francés, “el hermano menor es siempre un intruso en el sentido etimológico del término: penetra en la vida del otro. Los cambios que su presencia, efectiva o futura, implica en el funcionamiento de la familia lo demuestran”.
Para hacer frente a esta situación el pequeño de tres años prepara una estrategia gracias a su pensamiento ya bien elaborado. Se vuelve tan pequeño como su hermano, a fin de que la lucha por el corazón de sus padres esté bien igualada. Se convierte así en un pequeño ser inestable, nervioso, irritable e hiperactivo.
Cuando esta situación es así de intensa, en opinión de Rufo, es recomendable que las expresiones de celos sean acogidas y nunca reprimidas con excesiva severidad. “Siempre aconsejo a los padres que dejen al niño decir lo que lleva dentro. Los celos son un sentimiento tan natural que habría que preocuparse más por los niños que no manifiestan ninguna agresividad hacia sus rivales que por los que la expresan abiertamente”.
La fuerza de los recuerdos
Convertirse en el mayor es el principio de la relación entre hermanos. Luego de la llegada de más hijos a la familia, la fratría se vuelve más rica o mucho más compleja, dependiendo de las personalidades que confluyen dentro de un hogar y de la crianza que al respecto entregan los padres a sus hijos. Marcel Rufo compara la relación entre hermanos con una enfermedad crónica, por sus momentos críticos y sus maravillosos instantes de tregua. La fratría es, a su juicio, una enfermedad de amor constituida por rivalidades y complicidades.
Las situaciones y el poder de los vínculos que unen a los hermanos varían en cada familia. “Sólo hay un hecho indiscutible: los miembros de una fratría salidos de los mismos padres poseen un patrimonio genético común, pero con variantes, ya que hay genes que en unos niños se manifiestan y en otros no (…) De hecho, si concedemos tanta importancia a los parecidos físicos en una familia es porque recuerdan que el grupo tiene un vínculo de carne y de sangre (…)”.
Pero ¿qué tienen de común los hermanos? ¿La educación? No del todo asegura el psiquiatra, porque los padres no se comportan igual a lo largo de su recorrido educativo, sino que evolucionan en contacto con sus hijos.
Lo que según el especialista sí une a los hermanos es la fuerza de los recuerdos. Los hermanos viven juntos muchos años, y sin embargo cada uno conserva de este período un recuerdo propio, aunque esté construido sobre bases comunes. Como explica Rufo, “la calidad de las relaciones fraternas depende de la magia de revivir juntos momentos poéticos, dramáticos o divertidos compartidos en el pasado.
Crecer con el hermano
Una familia se estructura en torno a tres grandes ejes: las relaciones conyugales de la pareja parental, las relaciones de los padres con cada uno de sus hijos y las relaciones entre los hermanos. El vivir en compañía de un hermano o una hermana desempeña un papel muy particular en la reconstrucción de la personalidad. Para existir en el seno del grupo, cada uno de los miembros de la fratría debe encontrar su espacio para lograr diferenciarse de los demás.
Como indica el psiquiatra francés, toda fratría tiene un carácter particular determinado por la sucesión de nacimientos, el reparto de los sexos y el número de hermanos que la componen. “A estos datos se suman otros elementos relacionados con la constitución y el temperamento de cada niño: sano o enfermo, tímido o iracundo, emprededor o seguidor. También entra en juego la idea que se forman los padres de cada uno de sus hijos y del funcionamiento de una fratría, así como sus proyecciones de identificación y sus exigencias para el futuro”.
Entre los hermanos se dan relaciones independientes a las que se tienen con los padres. Al igual que el jardín infantil, las primeras relaciones fraternas están hechas de una vivencia común de emociones sensuales, contactos, olores, sabores y vocalización antes de la adquisición del lenguaje. Después, la evolución del pensamiento hace posible compartir emociones psíquicas y le permite al niño crecer, en todo el sentido de la palabra. De hecho, el psicoanálisis confirma que la fratría desempeña un papel muy importante en el desarrollo afectivo de cada hermano.
Los hermanos a través del tiempo
El vínculo fraterno se instala en la continuidad y en el tiempo. Generalmente, las personas son mucho más tiempo hermanos que hijos. La noción del tiempo en las relaciones entre hermanos es fundamental y la vida en el seno de la fratría es la que permite ensayar comportamientos para después salir al mundo exterior. El tiempo es también el que ‘cura’ las rivalidades normales entre hermanos. Indiscutiblemente, según Rufo, para la apertura a la vida social, la fratría es más enriquecedora que la vida del hijo único. Tener un hermano también permite abrirse a la familia ampliada, haciendo la vida entre primos, tíos y abuelos más estable y permanente.
A través del tiempo, las relaciones entre hermanos dejan mayor libertad de ruptura que, por ejemplo, la relación de los hijos con sus padres. Pero paradójicamente, a juicio del autor, a veces las relaciones fraternas pueden ser más fuertes que las que existen con los papás, las cuales reposan únicamente en el vínculo de filiación. “A mi entender, convertirse al llegar la edad adulta en amigo del hermano representa la evolución ideal de la relación fraterna, ya que un amigo se elige, mientras que los padres son impuestos”.
La solidez del vínculo entre hermanos en la edad adulta está determinada por la calidad de las relaciones en el pasado, por eso es fundamental que los padres propicien momentos en que los hermanos se ayuden, incluso cuando son pequeños, se escuchen a pesar de las peleas, se respeten y se den muestras de cariño constantes, idealmente todos los días, para que se vuelvan más amigos que enemigos y compañeros para siempre.
Esto se explica, según Rufo porque la fratría (o relación entre hermanos), se construye sobre una relación afectiva impuesta, basada en la cotidianidad y en las cosas compartidas.
“No elegimos a nuestros hermanos, nos los imponen los padres. Es evidente que tener un hermano es, en primer lugar, encontrarse frente a un rival. Cuando las rivalidades y los rencores arraigan y dejan de evolucionar, la vida en común se vuelve insoportable (…) Afortunadamente, esto no sucede siempre; todo depende de la personalidad y de la fragilidad de cada uno de los hermanos, que se miden en las rivalidades cotidianas y corrientes. Los padres no deben olvidar, ni siquiera en los momentos difíciles, que la rivalidad es también la competición que ayuda a los hermanos a crecer”.
Convertirse en el mayor
La llegada de un hermano obliga al niño a pensar en sí mismo como “el mayor”, puesto que sus padres le anuncian a alguien “pequeño”. Algunos niños rechazan de un modo tan violento esa posición impuesta que manifiestan su sufrimiento dejando de crecer o acusando alguna enfermedad transitoria. Otros, sin embargo, lo asumen con menos dramatismo y a pesar de ciertas complicaciones lo viven con alegría.
Según el autor, esta situación es más aguda cuando el hijo se convierte en hermano mayor alrededor de los tres años. “Los niños de dos años y medio o tres ya han realizado un recorrido psíquico importante (…) Es la edad de la entrada en el período edípico, el momento en que se mezclan sentimientos de amor y de odio que ningún niño vive con serenidad. Así pues, le resulta insoportable pensar que va a tener que compartir ese amor con otro, el cual, sin estar todavía presente, prácticamente acapara a sus padres”.
Como indica el psiquiatra francés, “el hermano menor es siempre un intruso en el sentido etimológico del término: penetra en la vida del otro. Los cambios que su presencia, efectiva o futura, implica en el funcionamiento de la familia lo demuestran”.
Para hacer frente a esta situación el pequeño de tres años prepara una estrategia gracias a su pensamiento ya bien elaborado. Se vuelve tan pequeño como su hermano, a fin de que la lucha por el corazón de sus padres esté bien igualada. Se convierte así en un pequeño ser inestable, nervioso, irritable e hiperactivo.
Cuando esta situación es así de intensa, en opinión de Rufo, es recomendable que las expresiones de celos sean acogidas y nunca reprimidas con excesiva severidad. “Siempre aconsejo a los padres que dejen al niño decir lo que lleva dentro. Los celos son un sentimiento tan natural que habría que preocuparse más por los niños que no manifiestan ninguna agresividad hacia sus rivales que por los que la expresan abiertamente”.
La fuerza de los recuerdos
Convertirse en el mayor es el principio de la relación entre hermanos. Luego de la llegada de más hijos a la familia, la fratría se vuelve más rica o mucho más compleja, dependiendo de las personalidades que confluyen dentro de un hogar y de la crianza que al respecto entregan los padres a sus hijos. Marcel Rufo compara la relación entre hermanos con una enfermedad crónica, por sus momentos críticos y sus maravillosos instantes de tregua. La fratría es, a su juicio, una enfermedad de amor constituida por rivalidades y complicidades.
Las situaciones y el poder de los vínculos que unen a los hermanos varían en cada familia. “Sólo hay un hecho indiscutible: los miembros de una fratría salidos de los mismos padres poseen un patrimonio genético común, pero con variantes, ya que hay genes que en unos niños se manifiestan y en otros no (…) De hecho, si concedemos tanta importancia a los parecidos físicos en una familia es porque recuerdan que el grupo tiene un vínculo de carne y de sangre (…)”.
Pero ¿qué tienen de común los hermanos? ¿La educación? No del todo asegura el psiquiatra, porque los padres no se comportan igual a lo largo de su recorrido educativo, sino que evolucionan en contacto con sus hijos.
Lo que según el especialista sí une a los hermanos es la fuerza de los recuerdos. Los hermanos viven juntos muchos años, y sin embargo cada uno conserva de este período un recuerdo propio, aunque esté construido sobre bases comunes. Como explica Rufo, “la calidad de las relaciones fraternas depende de la magia de revivir juntos momentos poéticos, dramáticos o divertidos compartidos en el pasado.
Crecer con el hermano
Una familia se estructura en torno a tres grandes ejes: las relaciones conyugales de la pareja parental, las relaciones de los padres con cada uno de sus hijos y las relaciones entre los hermanos. El vivir en compañía de un hermano o una hermana desempeña un papel muy particular en la reconstrucción de la personalidad. Para existir en el seno del grupo, cada uno de los miembros de la fratría debe encontrar su espacio para lograr diferenciarse de los demás.
Como indica el psiquiatra francés, toda fratría tiene un carácter particular determinado por la sucesión de nacimientos, el reparto de los sexos y el número de hermanos que la componen. “A estos datos se suman otros elementos relacionados con la constitución y el temperamento de cada niño: sano o enfermo, tímido o iracundo, emprededor o seguidor. También entra en juego la idea que se forman los padres de cada uno de sus hijos y del funcionamiento de una fratría, así como sus proyecciones de identificación y sus exigencias para el futuro”.
Entre los hermanos se dan relaciones independientes a las que se tienen con los padres. Al igual que el jardín infantil, las primeras relaciones fraternas están hechas de una vivencia común de emociones sensuales, contactos, olores, sabores y vocalización antes de la adquisición del lenguaje. Después, la evolución del pensamiento hace posible compartir emociones psíquicas y le permite al niño crecer, en todo el sentido de la palabra. De hecho, el psicoanálisis confirma que la fratría desempeña un papel muy importante en el desarrollo afectivo de cada hermano.
Los hermanos a través del tiempo
El vínculo fraterno se instala en la continuidad y en el tiempo. Generalmente, las personas son mucho más tiempo hermanos que hijos. La noción del tiempo en las relaciones entre hermanos es fundamental y la vida en el seno de la fratría es la que permite ensayar comportamientos para después salir al mundo exterior. El tiempo es también el que ‘cura’ las rivalidades normales entre hermanos. Indiscutiblemente, según Rufo, para la apertura a la vida social, la fratría es más enriquecedora que la vida del hijo único. Tener un hermano también permite abrirse a la familia ampliada, haciendo la vida entre primos, tíos y abuelos más estable y permanente.
A través del tiempo, las relaciones entre hermanos dejan mayor libertad de ruptura que, por ejemplo, la relación de los hijos con sus padres. Pero paradójicamente, a juicio del autor, a veces las relaciones fraternas pueden ser más fuertes que las que existen con los papás, las cuales reposan únicamente en el vínculo de filiación. “A mi entender, convertirse al llegar la edad adulta en amigo del hermano representa la evolución ideal de la relación fraterna, ya que un amigo se elige, mientras que los padres son impuestos”.
La solidez del vínculo entre hermanos en la edad adulta está determinada por la calidad de las relaciones en el pasado, por eso es fundamental que los padres propicien momentos en que los hermanos se ayuden, incluso cuando son pequeños, se escuchen a pesar de las peleas, se respeten y se den muestras de cariño constantes, idealmente todos los días, para que se vuelvan más amigos que enemigos y compañeros para siempre.


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